La reedición de los Juegos Nacionales Evita
fue una muestra consumada de esto
y allí deslumbraría un chico de trece añoS
llamado Diego Maradona…
POR BRUNO NÁPOLI
El 6 de julio de 1966 la FIFA-Federación Internacional de Futbol Asociado- designó a la República Argentina como sede de la Copa del Mundo a disputarse doce años después. Faltaba mucho aun y mientras tanto el país estrenaba una nueva dictadura con el general Juan Carlos Onganía a la cabeza. Este católico ferviente, anticomunista y antiperonista, fue además un férreo opositor de la educación pública, a la que combatió quemando bibliotecas y laboratorios universitarios en las intervenciones a esos claustros.
Su fracasado proyecto político fue seguido por otros dos dictadores que debieron llamar a elecciones generales ante el desmadre consumado por los tres en cadena. Ya en el breve interregno democrático de 1973-76 el peronismo ordenó una de sus prioridades públicas y sociales: el deporte.
La reedición de los Juegos Nacionales Evita fue una muestra consumada de esto y allí deslumbraría un chico de trece años llamado Diego Maradona. La AFA-Asociación del Futbol Argentino- también se acomodó a los tiempos y el dirigente David Brucato fue su presidente; hombre del Huracán campeón del 73, peronista, pero sobre todo mentor y responsable de la llegada de Cesar Luis Menotti a la Selección Nacional.
Sin embargo, una nueva dictadura militar instalada el 24 de marzo de 1976 tenía planes no solo políticos y criminales, sino también deportivos y comerciales: la Junta de Comandantes desplazó inmediatamente a Brucato y designó como presidente de la AFA, en una elección con el visto bueno castrense, a Alfredo Cantilo, abogado, antiperonista, socio vitalicio del Jockey Club y miembro del Opus Dei. Este Cantilo era a su vez primo de Arturo Bulrrich Cantilo, también de la oligarquía antiperonista, y designado interventor de la AFA por otra dictadura, la de 1955.
Con una AFA a medida, los militares armaron a los tres meses del golpe el EAM-Ente Autárquico Mundial ´78, organismo que estuvo a cargo del general Omar Actis, pero al mes de asumir fue asesinado sin dar nunca con los responsables. El manejo pasó a manos de la Marina con el nombramiento del vicealmirante Alberto Lacoste, quien respondía al almirante Emilio Eduardo Masera, asesino, ladrón y jefe de esa fuerza armada. Lacoste no debía rendir cuentas a nadie de lo realizado por el EAM, y el organismo se transformó rápidamente en una central de inteligencia que con ayuda de la CIA realizaría las listas de periodistas extranjeros considerados subversivos, cancelando visas de entrada para la Copa Mundial de 1978 y controlando de cerca a los que no podía negar su ingreso por renombre internacional.
Según lo encontrado en el archivo del EAM, la realización del Mundial costó unos u$s 500 millones. Según el secretario de Hacienda de ese momento, Juan Alemann, cuyo jefe en el Ministerio de Economía era José Alfredo Martínez de Hoz, los gastos ascendieron a u$s 700 millones. Estos dos funcionarios debían asegurar los fondos exigidos por Lacoste y sus cómplices para todas las tareas no solo de construcción de estadios y demás infraestructuras, sino también para espionaje y campañas de propaganda. Sobre todo pretendían contrarrestar los boicots que organizaban los exiliados en Europa, que denunciaban la masacre y las miles de desapariciones de argentinos y extranjeros que rodeaban el evento deportivo.
El trabajo del EAM fue realizado en conjunto con la AFA de Cantilo y la FIFA, dirigida en ese momento por el brasileño Joao Havelange. Y el negocio fue un éxito pues los militares no habían desplazado al director técnico designado en democracia, ya que veían un potencial en ese hombre que cambiaría la historia del futbol local. La Selección argentina obtuvo su primera Copa del Mundo merecidamente, con un equipo aguerrido y un juego marca registrada de Menotti, que un año después obtendría el mismo título con la Selección juvenil y un Maradona descollante.
Pero el contexto fue desolador: vetos al ingreso de no deseables, control exhaustivo sobre los visitantes, campañas pro dictadura aquí y en el exterior, secuestros, asesinatos, desapariciones, y como corolario la expulsión de 180.000 personas que vivían en las villas miseria de la Capital Federal, con deportaciones masivas a sus países de origen de ciudadanos bolivianos y paraguayos, en trenes especialmente preparados para esta “limpieza” de la ciudad.
Extrañamente, o no tanto, el EAM continuó funcionando como agencia de inteligencia y desvío de fondos públicos hasta diciembre de 1983, ya que el órgano estatal de marras cumplió holgadamente su papel disciplinador, haciendo propaganda del asesinato masivo “para ganar la paz”, como rezaba un slogan de la época, y rindió pingües ganancias a los corruptos funcionarios de la dictadura militar.
Antes de terminar el gobierno de facto, el presidente de la AFA de ese momento, el radical Julio Grondona, designó a un nuevo director técnico: Carlos Salvador Bilardo. Pero esa es otra historia.
EL BURRITO SENCILLO VA SOLITO AL CORRAL.
La Copa del Mundo 2026 también está organizada por un país genocida, aunque las masacres son realizadas fuera de su territorio. Pero el anfitrión no se priva de difundir las imágenes de disciplinamiento que nuestro otrora genocida local ensayó: ahora la reproducción mediática de la humillación, la tortura y la represión son exhibidas impunemente.
El mejor árbitro de África, Omar Artan, pidió una visa en el consulado norteamericano y llegó a EEUU con ella más un pasaporte diplomático. Nadie le dijo que no podría entrar, pues la intención era clara: que llegue, retenerlo en el aeropuerto, dejarlo en confinamiento e interrogatorio por 11 hs, y luego expulsarlo por ser de un país considerado peligroso para la seguridad nacional: Somalia.
Toda una demostración del nuevo orden que debe regir en buena parte del mundo. Si nuestra dictadura quería contrarrestar las campañas que la tildaban de fascista, ahora EEUU pretende todo lo contrario: quiere mostrar ese fascismo como una forma de acción dentro del nuevo formato de democracia occidental.
Los buró de inteligencia americana, a diferencia de nuestros genocidas, requisan ante la vista de todos, humillan con interrogatorios interminables a los mismos jugadores de futbol invitados a participar del certamen, lanzan perros a los equipos de países que consideran peligrosos buscando drogas y bombas, establecen abiertamente la ilegalidad del ejercicio de la fuerza y deportan a toda persona que consideran indeseable, aunque tenga boletos y hoteles pagos, o sea parte de la competencia.
Los parecidos (vigilancia, persecución, deportación) son interesantes, pero las diferencias lo son más: ahora, con la complicidad eterna de la FIFA, se trata de mostrar sin permitir queja alguna que el destrato, la tortura y la humillación son formas normalizadoras de la nueva convivencia geopolítica.
El punto sensible de este arco narrativo que aporta el futbol al destrato y la humillación de los cuerpos, y que nos tiene en vilo y bombardeados de imágenes durante un mes, es que ya no se esconde el contexto, pues el juego más lindo del mundo es su marco y vidriera: a través de él se muestra un novedoso ordenamiento político, social y económico.
Pero otra clave que impresiona y conmueve, es como los protagonistas centrales de la contienda deportiva se prestan al juego con tal de mostrarse en esta vidriera de ventas abierta las 24 hs en nuestros dispositivos; y las figuras mundiales que no son maltratadas hacen un espantoso silencio tan cómplice y responsable como los enmascarados de patrullas nazis del ICE, que interrogan, secuestran gente en la calle a plena luz del día y deportan indeseables sin resistencias potentes. Una secuencia de estas características (represión, secuestro, encierro, interrogatorios, deportaciones) constituye el núcleo de la práctica genocida, que solo se transforma en relación social “normalizada” con el consenso de otros. Y eso otros somos los que por acción u omisión estamos reproduciendo la nueva cognitividad de lo que debe leerse como cotidiano: una sociabilidad degradante y decadente. Esta aceptación constituyente del relato genocida como relación social lo completaría no solo el silencio sino también el olvido. Tal vez podamos disfrutar, para no regalarle la alegría a nadie, de las emociones que genera este maravilloso juego cuando comienza a rodar la pelota; pero al pitazo final de cada partido, sería conveniente no perder de vista el contexto, las excéntricas figuras que lo proponen y las estrellas centrales que lo convalidan.
Autor: Bruno Nápoli, Investigador en historia. Ensayista. Texto de: https://revistametasentidos.com.ar
